Una sesión de buen sexo
No recuerdo dónde nos conocimos, solo que vivía a más de una hora de camino. Aunque me daba flojera ir a visitarlo, estaba tan rico el cabrón que no me la pensaba. Solo podía en las mañanas, así que tocaba levantarse temprano y rifarse el camioncito durante un largo rato. Llegaba a Periférico y tenía la opción de tomar otro camión, o caminar un tramo, como 15 o 20 minutos más.
Vivía en una casa enorme, con un gran patio y dos pisos. Aprovechábamos que su patrocinador se iba a trabajar para coger toda la mañana bien a gusto. En aquel entonces estaba de moda el cloruro, un spray que ponía en una toalla e inhalaba para dilatarse mejor, le encantaba a este güey ponerse bien arriba con esa madre. Yo solo llevaba mis churritos de mota y con eso tenía para darle duro por horas.
Era un chavo como los que me gustan: más bajito que yo, morenito, alivianado, de ojos pispiretos y garganta profunda, aguantador como la chingada, y lo mejor: le fascinaba mi verga. Me la chupaba por largo rato con una devoción difícil de igualar. Le escupía, la lamía de arriba a abajo, llegaba hasta mis huevos y se metía los dos a la boca, trataba de comerse mi verga y huevos al mismo tiempo, pero no le cabía tanto, era muy chiquito el pobre. Por eso lo disfrutaba tanto.
Le gustaba ponerse en el borde de la cama, boca arriba, y que me lo cogiera por la boca. Lloraba el condenado, de placer. Tenía un espejo enorme frente a su cama. Como que el plebe, o su marido, era bien caliente, o ambos, les gustaba mucho coger y pues cuando este se quedaba solo, tenía que aprovechar. No le quedaba de otra. Tenía un culo redondito, paradito, unas piernas gorditas, musculosas pero suaves, no duras. Me encantaba meter mi cara entre sus nalgas y comerle el culo mientras él le daba sus jalones al cloruro ese. Se lo dejaba bien ensalivado, le metía un dedo, le escupía, luego otro dedo, seguía escupiendo. Con los dos dedos adentro le lamía y chupaba la orilla del culo, abría mis dedos para ver el hueco y meter mi lengua. El plebe solo gemía y se retorcía de placer. Tenía que estar bien abierto y mojadito para cuando le dejara ir toda mi verga.
Lo acomodaba en la cama de tal manera que él pudiera comerme la verga mientras yo le comía el culo. Ya fuera él encima de mí, o de lado, o todos torcidos en la cama: era muy atlético y podía acomodarse en un montón de posturas. La cama era enorme y había mucho espacio en el piso todavía, que además era alfombrado. Así que podíamos hacer un sinfín de posiciones. Como además yo podía cargarlo sin dificultades (en aquel entonces iba al gimnasio y tomaba clases de box), todavía más.
Se ponía bien loco con el cloruro así que me dejaba ponerlo de todas las maneras posibles. Me gustaba ponerlo con el culo hacia arriba, en el borde de la cama, que no estaba muy lejos del suelo, y la cara en el suelo, boca arriba o boca abajo, de las dos maneras era muy rico clavarlo en 90 grados. Él sentía todo el rigor de mi vergota y yo podía penetrarlo muy a fondo. Estando boca abajo, además podía ponerle mi pie en la cara. No presionarlo ni nada, no quería ahogarlo, nada más así, el pie en la cara, para que me los chupara o lamiera.
No sé ustedes pero a mí me encanta jugar con los pies. Cuando lo ponía boca arriba, con las piernas abiertas, me gustaba agarrar sus pies y comérselos mientras le daba bien duro, y él solo gemía y volteaba los ojos, yo juntaba sus piernas y me las ponía en un hombro, y lo levantaba hacia arriba, para que quedara inclinado y mi verga entrara en un ángulo difícil, lo cual se siente muy rico. También me gustaba ponerlo en cuatro, bien empinadito, en la orilla de la cama, meterle la verga un rato, y ya que estuviera bien abiertito, agacharme y chuparle el ano bien abierto. Sentir su piel sensible, estirada, su culo palpitando, escupirlo, dejarlo bien húmedo y resbaloso otra vez, y seguirle dando duro.
Usualmente teníamos alrededor de dos horas para todo el show: yo llegaba alrededor de las 12pm, y su marido salía del trabajo a las 2pm, así que más o menos a esa hora yo tenía que irme. Después de la primera hora le daba la primera descarga de mecos, directo en su culo, a veces bien hasta el fondo, a veces en las nalgas y se lo esparcía con mi verga, con piquetes, también para adentro, 'ámonos. A veces en la cara porque le encantaba tragárselos, siempre le quedaba debiendo la venida en la cara, porque a mí me encantaba dárselos adentro, así que en algunas ocasiones comenzábamos por esa. O sea que de ley, al menos, siempre eran dos preñadas. Creo que nuestro récord fue de cuatro en una sesión, alguna vez que me tomé también un sildenafil.
La segunda preñada, cuando ya nos quedaban 30 o 40 minutos disponibles, usualmente era más violenta, más explosiva, más frenética. En la orilla de la ventana (que daba hacia un patio interno y una pared alta, no había peligro que nadie nos viera), en la alfombra, en la cocina, en la escalera, en la regadera. Amaba sentir sus nalgas redondas, respingaditas, chocando y rebotando contra mi pelvis desde todos los ángulos y en todos los contextos posibles. Me encantaba cuando me venía adentro de su culo y en el segundo palo se formaba esa espumita rica y me cubría toda la verga mientras le seguía taladrando su hoyo bien abierto. Eran buenas sesiones las que nos aventábamos, pero siempre de dos horas, dos horas y media máximo.
También era muy bueno besando. Tenía una lengua viscosa y suave, se desparramaba en mi boca y en mi verga. En fin, era un amante de primer nivel, y eso que era un par de años más joven que yo. Por eso nunca los discriminé por la edad. Me gustaban maduros, pero no rechazaba a jóvenes solo por su edad. Me fijaba principalmente en que fueran alivianados, relajados, simpáticos. Me fijaba mucho (todavía) en la personalidad para decidir mis encuentros. Fue una suerte que uno de mis primeros amantes recurrentes fuera justamente tal y como me gustan los vatos (sin hablar del físico, que aquí sí tengo varios tipos de gustos).
Era muy rico salir de su casa, rumbo a agarrar el camión de regreso, con el cuerpo relajado, relajado, y la mente bien despejada, después de una deliciosa, satisfactoria y placentera, sesión de buen sexo.



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